SILVER LININGS PLAYBOOK
¿A quién tengo que culpar por la horrible experiencia de ver Silver Linings Playbook? ¿A esta nueva variante prestigiosa de David O. Russell? ¿A la mano negra de los Weinstein y su híbrido grotesco de independiente y comercial? ¿A las restricciones de la comedia romántica moderna?
Disfruté muchísimo la primera hora y media de esta comedia bipolar, ubicada un par de escalones arriba de The Fighter en la escala social pero dotada de la misma verosimilitud, un naturalismo muy del cine popular de los setenta (digamos Rocky o la genial Slap Shot - tampoco es que O. Russell esté apuntando a los Dardenne). El espíritu de Silver Linings Playbook está más cerca de las primeras películas del director (Flirting With Disaster sigue siendo insuperable), y no se puede soslayar lo que hace con actores mediocres como Bradley Cooper y Chris Tucker, o con la poca vida que le puede inyectar al caparazón de Robert de Niro. La entrega de Jennifer Lawrence parece un poquito más calculada que en Winter’s Bone y Jacki Weaver hace lo que puede con el pesado papel de centro moral de la historia. La narrativa de amour fou se aleja de los clichés del trastorno psicológico (digamos el Dr. House o Una Mente Brillante) y no tiene miedo en hacer parecer a su protagonista un tipo espinoso, una bomba de tiempo. Al menos, claro, por esa hora y media inicial.
Los últimos 30 minutos de SLP me recordaron a la intolerable trilogía del “corazón dorado” de Lars von Trier, esas heroínas humilladas, apedreadas, ejecutadas. O. Russell (o el aparato completo detrás de una producción de este nivel) hace lo mismo con su propio universo, tan meticulosamente observado, tan superficialmente real. La película sucumbe bajo una serie de giros deshonestos (desde la escena de la apuesta en adelante) de una artificialidad pasmosa que hubiera dado vergüenza ajena a Nora Ephron o al peor Richard Curtis, y las últimas escenas parecen filmadas por otro director… pero aunque me encantaría echarle la culpa a los Weinstein y su documentado amor por alterar el corte final, encaja con la mirada del director, un moralista tan tramposo como Darren Aronofsky.




